Tuesday, November 24, 2009

Enseñar cambios

El edificio de muros altos, desangelados e intimidatorios de la Calle Alfonso Lasso de la Vega parece una cárcel. Las puertas están cerradas y no invitan a entrar. Es necesario pedir permiso por el interfono para acceder a pasillos que casi no están decorados más que por graffiti y pintadas.

Pero no es una cárcel, es un instituto. El Instituto de Enseñanza Secundaria Ramón Carande, muy cerca del Polígono Sur, también conocido como Las Tres Mil Viviendas, la zona marginal más importante de Europa que nació en la década de los 70 como el primer exponente de chabolismo vertical.

En las aulas del Instituto se escuchan los gritos de chicos problemáticos. Encarnación Quiroga, psicóloga del IES Ramón Carande, dice que muchos alumnos no quieren estar allí y están aburridos en las clases.

“Hay poco respecto al profesor… Por eso, hay mucho conflicto con los profesores,” dice Encarnación.

En medio del ruido y del caos, el IES Ramón Carande no parece el lugar ideal para aprender, pero es el mejor sitio donde esos chicos pueden estar. Están fuera de las Tres Mil.

El IES Ramón Carande tiene 800 estudiantes, como dice Encarnación, y aproximadamente el 80 por ciento vienen de las Tres Mil Viviendas y de padres que prefieren que sus hijos salgan del barrio y de un entorno criminal.

En las Tres Mil se respira un ambiente muy diferente. Para cualquier persona que viene de fuera parece peligroso y triste, con calles vacías y edificios desconchados, con ventanas decoradas con ropa que se secan al azar. Descampados cubiertos de basura y policías esperando en los portales de las cases.

Pero para muchas residentes, las Tres Mil les ofrece mucho más. No es todo negativo.

“Hay mucho robo, mucho mafia… pero no pasa nada,” dice Vanesa Sánchez Leòn, de 17 años, una estudiante en IES Ramón Carande y que vive en las Tres Mil Viviendas. A ella le gusta el sentido de comunidad dentro de la zona porque siente que conoce a todo el mundo y todos sus rincones.

“Me encanta [vivir allí] porque hay mucho ambiente,” Vanesa dice, especialmente el flamenco por sus raíces gitanos.

Igual que el barrio, los chicos de IES Ramón Carande están llenos de música. Durante la visita al centro de estudios de CIEE, situado en un antiguo palacio en el barrio Santa Cruz de Sevilla, un chico gitano que se llama Daniel canta a sus compañeros de clase, y a las estudiantes universitarios americanos de CIEE.

“Políticos: no necesitamos centros cívicos, necesitamos centros residenciales, más maestros, más materiales, para crear más lideres y menos criminales,” él rapea.

A pesar de esos problemas, los estudiantes de IES Ramón Carande son felices, y la escuela trabaja mucho para ayudarlos. No puede cambiar el barrio, pero está trabajando para dar muchas oportunidades y recursos a sus alumnos.

El IES Ramón Carande ofrece muchas opciones a los alumnos, incluyendo bachilleratos de arte, ciencia, y humanidades, además de un ciclo de formación profesional. Los alumnos tienen que tener ganas de trabajar, como la psicóloga Encarnación Quiroga dice. Incluso en el ciclo profesional, ellos tienen que estudiar mucho.

Una vez por semana, los alumnos se reúnen con profesores para hablar de sus clases y de la que está funcionando o no. Encarnación dice que hay 72 profesores—“un montón”—para enseñar y otros empleados para ayudar con otros aspectos de la educación, como educación sexual o para la ciudadanía.

Semanalmente, hay una enfermera que les ofrece citas anónimas a los alumnos para responder a sus preguntas de salud. Eso es un servicio muy utilizado en el Instituto, según Encarnación.

Uno de los logros más importantes del Instituto es que esos estudiantes piensan en su futuro y tienen planes y metas después de salir del Instituto. “Entrenadora de fútbol!” responde Vanesa cuando se le pregunta por sus planes del futuro. Otros, aproximadamente el 20 por ciento, según la psicóloga, continuarán sus estudios en la universidad.

A Antonio Sánchez Márquez, de 17 años, le gusta hacer deberes y muchos deportes, que poco se corresponde su imagen con la que en Sevilla tienen de la zona en que él vive. Antonio no es un drogadicto o un criminal—“¡soy deportista!” él dice con una sonrisa.

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